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Exposición individual de Nuria Rodríguez (Sala Principal)

Enero 2024

 

En el invierno de 2021, el telescopio James Webb fue lanzado al espacio para que nos remita datos sobre el origen “imaginado” del universo hace 13.700 millones de años. Mientras estudiamos los pliegues de la corteza terrestre y sus rocas para registrar la génesis de la Tierra hace 4.570 millones de años. Visualizar estos comienzos resulta abrumador porque excede la escala biológica de la especie humana. Somos una categoría de la naturaleza, cuya supervivencia se basa, no solo en la regulación de los ciclos homeostáticos, sino en haber desarrollado capacidades para representar los hallazgos, asociando letras, sonidos, números, colores, formas y gestos. Hemos cartografiado un universo repleto de señales, un paisaje en el que nos reconocemos. Además, nuestra naturaleza concibe dispositivos de comunicación para trasladar los hallazgos registrados de una generación a otra y, cada época, ofrece distintas versiones sobre la experiencia de la vida. Las observaciones sobre la naturaleza, recolectadas, clasificadas y comparadas, han forjado las historias que nos definen como especie. En nuestro ADN, albergamos innumerables relatos que revelan un sistema combinatorio único, a diferencia del sistema cultural de las otras especies que, con una aparente menor complejidad, desarrollan habilidades aprendidas para asegurarse modelos de supervivencia.

Por ejemplo, el chorlitejo silbador simula tener un ala herida para ahuyentar a los depredadores. Mientras tanto, como narradores de historias y constructores de ficciones cuestionamos el mundo y su porvenir impulsados por una curiosidad ilimitada. Pero ¿quién establece la narración sobre el mundo y la experiencia de habitar en él? ¿Ser conscientes del principio de contingencia nos otorga un papel protagonista? ¿El punto de mira del “uno” representa un “todo”? El proyecto titulado Escala uno es a mil propone una reflexión sobre «cómo» interpretamos lo que vemos, cuestionando las coordenadas desde las cuales observamos el mundo, sobre cuál ha sido y es, el lugar de enunciación para relacionarnos con los entornos naturales. Nuestra búsqueda argumental para la elaboración de la serie pictórica reflexiona sobre los sistemas referenciales cromáticos basados en el mundo natural y su representación subjetiva. Un ejemplo de ello fue la revisión que aportó Johann Wolfgang von Goethe en Zur Farbenlehle en la que mostraba su inquietud por los efectos cromáticos y el enigma del color que rebatía aspectos cruciales de la teoría del color de Newton, puesto que, para Goethe, los colores son productos mixtos de luz y sombras. En su cometido, elabora 16 láminas científicas en las que representa algunas de las observaciones que venía realizando desde su niñez sobre el color, elemento vital de la pintura. Asimismo, incorpora su visión del entorno natural qué traduce en literatura. En su afán por revisar las tesis de Newton, escribe: “Nos vemos obligados a clasificar, a diferenciar y a volver a organizar, gracias a lo cual al final acaba surgiendo un orden que se percibe con mayor o menor satisfacción (…)”

Esta afirmación persigue una explicación del mundo que fusiona la observación científica y la percepción personal, a la que denomina «fantasía sensorial», en un esfuerzo sincero por destacar la intuición como una habilidad no codificable ni clasificable de la inteligencia humana, cuestionándose: “¿Cómo puede sistematizarse esa variedad de lo visible, que comprende desde la percepción de unos pocos fotones hasta la visión del sol y del inicio del universo?” Ahora somos más conscientes de que la percepción y la interpretación de los colores y sus tonalidades difiere en cada persona. Sin embargo, desde el siglo XVIII, hemos dedicado nuestros esfuerzos en clasificar y nombrar los colores de la naturaleza para acercarnos a la comprensión de su funcionamiento. Nuestra naturaleza, necesitada de argumentos, establece modelos de relación para distinguirlos y ubicarlos, lo que nos revelará los misterios que encierra la materia y su despliegue físico y simbólico.

El proyecto traza cuatro itinerarios que exploran las derivas descritas, sumergiéndose en la fascinación inherente en la metodología científica para proponer respuestas a dilemas irresolubles sobre nuestra propia naturaleza. Walter Benjamin, acertó con su «revelación» sobre la pulsión humana por recolectar, nombrar, clasificar y representar: coleccionar es una forma de recordar mediante la praxis, en este caso, recordar que somos naturaleza derivada de la observación científica y la percepción personal. Sin embargo, “la otra naturaleza” carece de una voz propia inteligible para nuestros lenguajes elaborados; las conclusiones sobre los estudios y sus representaciones son el reflejo de la visión de un grupo de personas en un momento determinado y, en este contexto, podemos y debemos esforzarnos por comprender las teorías subyacentes y las circunstancias que “contaminan” sus representaciones.

 

Nuria Rodríguez 

 

 

 

Texto de Alvaro de los Angeles

 

Cuando percibimos el entorno y actuamos sobre él, lo hacemos con relación a lo que sabemos y hemos aprendido. Hay información que detentamos desde la infancia y que asumimos de manera casi nativa (el reconocimiento de la propia sombra o los ciclos estacionales, por ejemplo) al tiempo que, a lo largo de toda una vida, atesoramos datos aprendidos tanto de manera empírica como abstracta; las teorías y la práctica son nuestro equipaje de saberes y novedades que activarán el deseo de saber más, de llegar un poco más lejos. El arte resuelve con destreza el equilibrio entre ambos conocimientos, entre ambos aprendizajes, y los artistas son los principales artífices de esta doble misión de mostrarse sensibles con el entorno y ser capaces de reproducirlo con distancia y mirada crítica.

Nuria Rodríguez lleva un par de décadas planteando cuestiones sobre el entorno (aquí entendido como una combinación entre lo natural y lo cultural) y su conversión en representación; así como sobre los códigos que la ciencia y el arte emplean para traducir en formas inteligibles aspectos inabordables por su magnitud o por su abstracción. El ámbito de lo que es capaz de ser archivado, medido, reflejado en gráficas y analizado posteriormente como relato, es donde la artista ha desempeñado “expediciones” más ambiciosas. Como una pulsión emocional y, a la vez, necesitadas de un grado de lógica y distancia, las investigaciones de N. Rodríguez tratan con exhaustividad los aspectos interrelacionados entre materias: la literatura de los mapas y los imaginarios instalados en la tipografía o el texto. Este espacio liminar, intermedio, responde a su propia búsqueda como artista e investigadora visual, como diseñadora gráfica y editorial y como archivista de materias encontradas. Ramas o piedras, metales o minerales, escenas recuperadas de libros de infancia o formas recreadas como suplantación de lo natural, entre otros ejemplos de bestiario, aparecen como objeto o imagen para generar miradas cruzadas. El arte construye una lectura sobre el mundo y despliega, a la vez, una mirada visual sobre la historia.

Bajo el título Escala: uno es a mil, la artista avanza en su línea investigadora con la certeza de quien entiende como logro el desarrollo conceptual de sus pensamientos y los resultados estéticos como proceso de un todo mayor. Una línea de progresión con etapas y estaciones, con grandes temas y con subapartados igual de decisivos. Todo este recorrido temporal y de conceptos, lo es también geográfico desde un punto de vista simbólico. La escala es la posibilidad de acotar el territorio, calibrar las grandes distancias, plasmar lo inabarcable y ofrecerlo como quien ofrece un símbolo: eso que vemos es, al mismo tiempo, otra cosa. Al indicar la medida de la escala (1:1000), se comprueba la envergadura de la empresa. Desde que el arte es arte (incluso cuando no se sabía qué era), las escalas de los referentes han sido un elemento decisivo para su aprehensión. La traducción del tamaño de un animal, de un territorio, de cualquier humano, a otro manejable para nuestras manos y nuestras mentes generadoras de historias, implicaba ya un salto de escala, una aceptación de la principal regla: convertir en juego simbólico la realidad externa y salvaje; asumir como posible lo real e inevitable.

La escala de este proyecto aúna la importancia de los saberes históricos y su conocimiento, por un lado, con el reto estético de convertirlo en obra artística, por otro. En el espacio intermedio entre ambos ámbitos, Nuria Rodríguez interpreta las lecturas externas y los pensamientos emocionales internos en pos de la pintura como lenguaje y como medio. La certeza del título del proyecto se halla en la habilidad de cambiar el punto de mira y la escala, que se orienta de lo general a lo particular; de lo individual a lo colectivo; del paisaje como espacio natural, al paisaje como tema artístico; del detalle ampliadísimo de un material, a la segmentación de sus componentes y a la clasificación de sus cantidades según su apariencia y sus características. Es, en definitiva, el conflicto resuelto (o en vías de resolución) entre lo que sabemos de manera empírica y lo que imaginamos y creamos artísticamente.